
Tus redes sociales son tu ídolo. Y lo sabes.
Eres adicto y estás fingiendo que es libertad.
Revisas el teléfono doscientas veces al día. Publicas tu vida en tiempo real para la aprobación de desconocidos. Borras las publicaciones que no reciben likes. Modulas lo que piensas según lo que el público quiere oír.
No eres libre. Eres una marioneta con la ilusión de libertad.
¿Y lo trágico? Crees que eres sabio por esto. Crees que estás conectado. Crees que estás informado. Cuando en realidad estás controlado. Tu cerebro ha sido hackeado por algoritmos construidos para hacer adictivas las apps. Te has convertido en el producto. Tu dato personal es la mercancía.
Jesús dijo: “Nadie puede servir a dos señores”. Pero tú estás tratando de servir a dos señores — a Dios y al like del público. Y el público está ganando.
La verdadera fe requiere algo que las redes sociales no permiten: el anonimato. La capacidad de hacer el bien sin que nadie lo sepa. La capacidad de creer sin publicarlo. La capacidad de vivir sin documentarlo.
¿Cuándo fue la última vez que hiciste algo bello sin fotografiarlo? ¿Cuándo fue la última vez que tuviste un pensamiento profundo sin tuitearlo? ¿Cuándo fue la última vez que tuviste fe sin compartirla públicamente?
No puedes servir a Dios y al teléfono. O abandonas al uno o al otro. La mayoría de ustedes ha elegido el teléfono.
Repite conmigo: mi fe no necesita público.
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